Cada lenguaje es una tradición,

cada palabra, un símbolo compartido;

es baladí lo que un innovador es capaz de alterar”

JLB

Si hay algo por lo que admiro a Jorge Luis Borges es por la forma en la que me enseñó a leer. Fue el primer autor que me hizo entender que la lectura es un fenómeno activo, que es el lector el que crea la obra literaria y que los escritores a lo que más pueden aspirar es a contar la misma historia una y otra vez de una forma auténtica. Ser auténtico no es lo mismo que ser original. No hay casi nada original en la creación artística.

Jim Jarmush, el cineasta estadounidense, lo explica en el último de sus consejos para hacer cine:

Nada es original. Roba de cualquier lugar que te inspire y nutra tu imaginación. Devora películas viejas, películas nuevas, música, libros, pinturas, fotografías, poemas, sueños, conversaciones azarosas, arquitectura, puentes, señales de tránsito, árboles, nubes, cuerpos acuáticos, luces y sombras. Elige para robar solamente cosas que le hablen directamente a tu alma. Si haces esto, tu trabajo será auténtico. La autenticidad es invaluable; la originalidad es inexistente. Y no te molestes en cubrir tus robos -celébralos si tienes ganas. En cualquier caso, siempre recuerda lo que dijo Jean-Luc Godard: “No importa de dónde tomas las cosas –lo importante es hacia dónde las llevas”.

Esto lo dice también Jonathan Lethem en su ensayo Contra la originalidad: “Los lectores son como nómadas recolectores por campos que no les pertenecen”. Borges antes que autor fue un gran lector, de hecho sin sus lecturas no habría podido escribir casi nada de su obra. Sus cuentos, poemas y ensayos se basan en la reapropiación de las literaturas que poblaron su biblioteca y su mente.

La literatura, como todas las demás artes, está ahí frente al espectador como un regalo. De ahí que la idea de propiedad privada se desvanezca en el ámbito artístico. Para Lethem, la diferencia principal entre el intercambio de mercancías y el de los regalos es que los regalos establecen un lazo sentimental entre dos personas, crean una conexión; y el arte es recibido casi siempre como un regalo y no como una mercancía (o así debería de ser) porque su objetivo principal apunta a conmovernos, reanimarnos, trastocarnos e infundirnos, sobre todo, una esencia diferente en nuestras vidas. Cosas, definitivamente, invaluables.

Es por ello que a manera de homenaje me he apropiado y rescrito un poema del escritor argentino que intenta poner en su poema mi propio horizonte vivencial; trata, pues, de reflejar lo que mi lectura ha puesto en su obra.

Y lo ofrezco aquí como un regalo y una invitación a que el lector pruebe hacer su propia versión de las cosas que son relevantes en su vida y lo dejarán de ser en su muerte.

Las cosas

(1969)

Jorge Luis Borges

El bastón, las monedas, el llavero,

la dócil cerradura, las tardías 
notas que no leerán los pocos días 
que me quedan, los naipes y el tablero, 
un libro y en sus páginas la ajada 
violeta, monumento de una tarde 
sin duda inolvidable y ya olvidada, 
el rojo espejo occidental en que arde 
una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas, 
limas, umbrales, atlas, copas, clavos, 
nos sirven como tácitos esclavos, 
ciegas y extrañamente sigilosas! 
Durarán más allá de nuestro olvido; 
no sabrán nunca que nos hemos ido.

Las cosas

(2016)

Gerardo Farías

Los lentes, la cama, los tatuajes,

el difícil andar de mi auto, las frías

cervezas que ya no tomarán mis días,

los dados, el dominó y los naipes,

un libro que tenía el sentido de mi vida

y que nunca llegué a leer, un atardecer

inolvidable que ya se borra de mi mente,

el espejo que rompí en mi adolescencia,

el alebrije hecho con mis manos de casado.

Cuántas cosas, canicas, puertas, mapas,

botellas, cuadros, plumas, llaves,

me sirvieron como esclavos,

misteriosas en una rebelión muda.

Durarán más allá de esta lectura,

de tus ojos sobre estas líneas,

mas nunca sabrán de este homenaje

y tampoco que ya no estamos.


Colaboración de: Gerardo Farías

Fotografía: www.poetasdelfindelmundo.com