Perdí un cuento de Borges. La explicación de su desaparición es fantástica. Todo está en mi diario. Pero es necesario aclarar que esto comenzó con un cuento que quería escribir. Cuando escribo ficción, lo hago siempre a manera de una nota en mi diario, así logro engañarme: hago como si estuviera simplemente relatando hechos de mi vida cotidiana, pero muy en el fondo me quema la esperanza de hallar una historia que valga la pena ser contada.

13 de Octubre, 2012    

Así como Borges, repudio los espejos y a los hombres porque ambos multiplican la identidad. Entrar en un laberinto de espejos que reproducen infinitamente la imagen de mi cuerpo me parece horroroso. Las ferias que osan instalar estas cámaras de tortura psicológica deberían estar prohibidas. Desde pequeño, he sido incapaz de entrar en un lugar de esos. La idea de que haya seres idénticos o incluso parecidos a mí me revuelve el estómago. Cuando escucho hablar sobre nacimientos múltiples, me mareo y mi piel exuda una sustancia helada y pegajosa. Tengo que respirar lentamente para recobrar la tranquilidad. Si por desgracia conociera a alguien con mi mismo nombre, me daría un tiro, estoy seguro. Afortunadamente, Aurelio no es un nombre común. Es lo único bueno que me dio mi padre. Es casi perfecto: tiene las cinco vocales y no se repite ninguna letra. A-u-r-e-l-i-o. Contiene dos de las consonantes más sonoras, una es líquida y la otra vibrante, esto le da movimiento y vida; es antiguo y valioso como el oro; es un nombre que suena y se saborea al pronunciarlo y eso me encanta. Aurelio. No cabe duda, es un nombre casi perfecto.

Para mí, hay un orden en todas las cosas —lo debería de haber siempre— y no se necesita mucho seso para entenderlo. Es cierto, me molesto cuando no es así, pero siempre termino convenciéndome de que hay una causa para todo efecto; eso me genera paz. Sería aún más feliz, quizá, si las vocales de mi nombre estuvieran alfabéticamente ordenadas, pero sería pedir demasiado. Soy un tipo puntilloso pero no irracional.

No creo en las casualidades, como dije, porque siempre hay forma de encontrar el orden. El diseño inteligente de este mundo está siempre ahí, pleno ante la vista. No hay misterio, sólo mentes opacas. No entiendo cómo no lo ven.

Muchos pesimistas hablan de la teoría del caos y de la futilidad de la existencia. Todo es relativo, dicen… ¡son unos idiotas! Esas ideas deprimentes a mí no me vienen.

El otro día leí que los físicos cuánticos han demostrado que hay partículas subatómicas que mantienen una interdependencia en relación con sus movimientos, incluso si están separadas por millones de años luz. Esto significa que mientras la partícula “A” gira hacia la derecha, la partícula “B” lo hace siempre hacia la izquierda, sin importar cuán alejadas estén, y si alguna de las dos llega a cambiar de dirección su giro, la otra instantáneamente lo sabe y comienza a girar en dirección opuesta.

Todo tiende al equilibrio. Es uno de los descubrimientos más bellos que jamás se haya hecho.

Dios salve a los físicos.

14 de octubre, 2012

Ayer, justo después de escribir sobre las partículas subatómicas, me levanté para buscar la cita exacta que abre el cuento, porque sentí que la había parafraseado mal y no estaba debidamente escrita.

Me dirigí hacia mi biblioteca y busqué “Tlön, Uqbar Orbis Tertus” dentro de mi edición de bolsillo de Ficciones. Para mi gran sorpresa el cuento no estaba. Conozco muy bien mis libros, pero esta vez dudé y revisé el índice miles de veces y el cuento que siempre estaba en la página 13, justo después del prólogo, había desaparecido. Es decir, el primer cuento enlistado era el espléndido “Pierre Menard, autor del Quijote”, página 39.

Me paralicé ante la idea de haber perdido un cuento de Borges. Al dar la vuelta a la página 12, el final del prólogo, me encontré con la brutalidad: había veintiséis páginas en blanco. ¡Veintiséis!

Tratar de escribir sobre una hoja en blanco asusta, pero tratar de leer veintiséis hojas en blanco es una locura. Mis ojos se arrastraron desesperadamente a través de ese desierto de veintiséis páginas vacías en búsqueda de una cita, de un cuento inolvidable, de un mundo sostenido nada más que por la pura imaginación… y no tuvieron ningún éxito, desfallecieron.

Mis manos temblorosas perdieron toda su fuerza y el libro cayó al suelo, y se callaron para mí las palabras más hermosas jamás escritas.

18 de octubre, 2012

No he podido encontrar la causa de lo que ha pasado. Estoy anonadado (esta palabra la aprendí de mi tía Rita, la que me cuidaba de niño, y siempre me ha parecido un enigma, una especie de criptograma onomatopéyico; es como nadar en la nada.

Sí, estoy anonadado.

Han pasado ya varios días y no he podido dormir bien, no he comido y tampoco he salido a la calle. He sobrevivido bebiendo mate. No he hecho nada más, apenas he flotado en la nada, solamente le he dado vueltas al asunto. Ya leí todos los cuentos de Borges, esperando que sus palabras me guiaran hacia la respuesta.

Es sólo otro juego borgesiano, pienso. Quizás hay una pista en el número 13 de la página del libro: el día que el cuento desapareció fue precisamente 13. Pero no soy supersticioso. Sin embargo, urge una explicación lógica para este embrollo.

Escribir no me ha servido de mucho.

Volveré a la nada.

19 de octubre, 2012

 

Casi no pude dormir anoche. No he encontrado la solución a mi dilema. Hay una cosa que me atormenta: la imagen de mi amigo y una de sus mayores afrentas hacia mí. Estoy hablando de Jorge, no Luis ni Borges sino Jorge Alberto, quien olvidó su libro de El hacedor aquí, en mi casa. Hace un mes, aproximadamente, vino a visitarme y pasamos un excelente rato hablando de libros, películas y música.

No sé por qué dejó su libro aquí, ¿en qué estaba pensando? Recuerdo que lo trajo para demostrarme que El hacedor era un libro únicamente de poesía y que no encontraba el cuento que yo le había recomendado para defender su tesis sobre el “Borges platónico”. Sin embargo, el cuento del que le hablé sí está ahí, y cualquiera puede verificarlo: se llama “Delia Elena San Marco”, página 29.

Como siempre ha sucedido en nuestros encuentros, nunca hablamos de lo que habíamos acordado en un principio. Aquella vez hablamos sobre los uniformes como una forma de control, una impostura ideológica; él les llamó “heterodumentarias” inspirándose en Michel Foucault. Por supuesto, los dos coincidimos en que la idea no era nada novedosa.

¿Por qué me dejó su libro? Sabe perfectamente que, al igual que él, poseo la obra completa de Borges en la edición de pasta dura editada por Emecé (mantengo estos libros bajo llave, en una caja fuerte lejos de mis departamento, y los sacó sólo una vez al año; quiero pensar que Alberto hace lo mismo). Y, además, ambos la tenemos completa también en edición de bolsillo —que es la que usamos para realizar anotaciones, por supuesto—, pequeña y portátil. Aún así, él mismo colocó su libro justo al lado del mío en el librero. Tuve un sobresalto al ver dos ejemplares idénticos de una misma obra y no supe qué hacer. No lo puede tolerar: dos hacedores, dos Borges repetidos simétricamente, tocándose sin vergüenza.

Una cosa es leer sus cuentos de dobles, otra muy distinta tener un libro idéntico repetido. Me armé de valor y hojeé su libro; con asombro vi que tenía las mismas anotaciones que yo había hecho, las mismas frases subrayadas e incluso un breve comentario al final del cuento de Delia San Marcos.

Esto es abominable. “Dos de dos”, dice la gente sin pudor en el puesto de tacos y a mí me da tirria.

Nada puedo decir, nada puede ser articulado y mucho menos escrito.

Han pasado unas horas desde que abrí mi libretita roja para seguir escribiendo y, por primera vez, leí todo lo que he plasmado aquí. La lectura ha sido reveladora. El problema del cuento desaparecido está íntimamente relacionado con la duplicación del otro libro, ¡por supuesto! Aquí está la gran ventaja que tiene el que lee frente al que sólo escribe.

Como sea, aquí la explicación de todo este embrollo: la obra borgesina está perfectamente equilibrada pues nada le falta y nada le sobra. Entonces, cuando Jorge, mi amigo, insertó —no sé si intencional pero sí muy irrespetuosamente, porque él conoce de mis padecimientos— un doble más en el universo de Borges, su perfección se vio alterada. El desequilibrio fue compensado por la mente matemática de los libros. Siempre he dicho que uno debe confiar en sus libros, nunca en su memoria. Así que, ante la aparición de un hacedor más, un mundo entero tuvo que desaparecer, en este caso Tlön.

No puedo perder más el tiempo.

Decidí salir corriendo con el ejemplar de El hacedor de Jorge en mis manos directo hacia su departamento, que está justo enfrente del mío.

Toqué efusivamente. Él abrió en bata, con un mate en la mano y fumando. Traía puesta la misma bata que yo. No le expliqué nada, solamente le grité que estaba loco y le di el libro. No le di tiempo para hablar.

Regresé tosiendo, porque correr mientras uno fuma es muy difícil, y al entrar lancé el mate al suelo. Estaba efusivo por encontrar de nuevo equilibrio en mi vida y en el mundo. Abrí Ficciones en la página 13 y leí con una sonrisa enorme: Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento…

¡El cuento había regresado!

Una paz inconmensurable me invadió.

Mi cerebro regresó a su lugar, pero lo más importante volvió a su lugar: la frase exacta y precisa que necesito para comenzar a escribir el cuento que quiero dedicarle a mi gran amigo que, dicho sea de paso, tiene dos nombres horribles, Jorge Alberto. Dos fricativas velares excesivamente cercanas en el primero, cacofonía vocálica en ambos y una dental oclusiva y ¡sorda!, lo que al final revienta lo único rescatable de su segundo nombre: esa serie vocálica, líquida y labial que es alber. Ahora recuerdo que una vez me confesó que le encantaría tener mi nombre. Es claro que él también lo detesta.

Pero bueno, la cita: “los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres”.

Ahora, necesito replantear toda la idea original del cuento porque mi cita es incorrecta y releyéndola, además, me doy cuenta de que yo no repudio en absoluto la cópula. Así que pensaré en otra cita y de paso en un mejor nombre para mi amigo.


Colaboración de: Gerardo Farías